jueves, 26 de noviembre de 2015

Las hormigas en Cipriano de la Huerga (c. 1509-1560)

The ants in Cipriano de la Huerga (c. 1509-1560)

Cipriano de la Huerga fue un monje cisterciense nacido en León, catedrático de la Universidad Complutense y notabilísimo humanista y escriturista que contó entre sus discípulos a Fray Luis de León y Arias Montano. Buena parte de su extensa obra está perdida. En 1990 un grupo de estudiosos dirigidos por Gaspar Morocho inició la búsqueda, compilación y edición de todos los textos conocidos de Cipriano de la Huerga. Estas Obras Completas suman actualmente 10 volúmenes, publicados por el Secretariado de Publicaciones de la Universidad de León.
En el volumen VIII se incluye un curiosísimo texto titulado “Competencia de la hormiga con el hombre” (1559), descubierto entre los folios de un manuscrito de la Biblioteca del Palacio Real de Madrid. Lo editó y anotó Francisco Javier Fuente Fernández.

Primeras líneas del diálogo "Competencia de la hormiga con el hombre" de Cipriano de la Huerga, 1559. Manuscrito II-77 (3º) de la Biblioteca del Palacio Real de Madrid 

En forma de diálogo entre dos hormigas, Cipriano de la Huerga afirmaba la superioridad del animal sobre el hombre. Con bello estilo y profundidad en los argumentos, recogió la tradición de los naturalistas grecolatinos Aristóteles, Plinio y Eliano.

Emblema utilizado por Cipriano de la Huerga en sus libros impresos

He seleccionado dos fragmentos del texto editado por Fuente Fernández, pero adaptándolo al español actual para facilitar su lectura.


Competencia de la hormiga con el hombre
(Fragmentos)
Cipriano de la Huerga (1559)

[…] El sentido del olfato en nosotras, hermana hormiga, es el que solo conoce la variedad de los sabores, porque en oliendo las cosas con diligencia las representa al que las ha de gustar y siente la fuerza de cada una de ellas, y sí toma solo aquello que es conforme a nuestra naturaleza, y lo que es contrario o impertinente valerosamente lo desecha no permitiendo que el gusto se estrague o se corrompa, y si alguna mezcla allí se halla de más, antes que la ponga delante al sentido del gusto la condena por su sentencia, pues de esta manera no somos fatigadas e importunadas de este sentido como lo son los hombres, los cuales, forzados de la variedad de apetitos insaciables que dije, mezclan juntamente el cinamomo, el bálsamo, el nardo, el incienso, el cálamo arábigo, la mosqueta, el ámbar, la algalia, conforme a los preceptos del arte médico ungüentario.

[…] Pues viniendo ya a lo que más hace a nuestro propósito, oso afirmar una cosa: que nunca entre los hombres hubo alguno de los que llaman filósofos, aunque en el ejercicio de las letras se haya aventajado mucho, que haya enseñado tantas leyes para bien vivir como nosotras. Crisipo, ni Crantor, ni Sócrates, ni Platón, enseñan mejor que nosotras lo justo, lo injusto, lo conveniente o dañoso. Nosotras entendemos los tiempos en los cuales se ha de buscar el mantenimiento necesario para la sustentación de la vida; llevamos a nuestros trojes grandes montones de grano; asentámoslos en nuestras casillas secretas con mucha prudencia; sabémoslo conservar para el invierno proveyendo que en un tiempo como este no sea necesario ir a buscar el mantenimiento por los campos vacíos y despojados ya de las mieses; nosotras llevamos con la boca tan grande peso que excede nuestra estatura y muchas veces nuestro poder, pero lo que falta de fuerzas remediamos con prudencia y con buen consejo y antes que escondamos las semillas para el tiempo del invierno las mordemos y cortamos de tal manera que no puedan de nuevo brotar de la tierra produciendo yerba o espigas, y, cuando por causa de las aguas han concebido demasiado humor, las sacamos a los tiempos al derredor de nuestras moradas tendiéndolas y revolviéndolas a una parte y a otra para que el calor del sol gaste la humedad superflua que podía ser dañosa al mantenimiento y por consiguiente a nuestra república, y todo esto hacemos con suma providencia teniendo siempre ojo al bien común.
Ni las noches sabemos estar ociosas mayormente cuando hay luna llena. De tal manera nos parece torpe y fea la ociosidad de suerte que ningún tiempo conveniente al trabajo dejamos perecer sin provecho, y cuando la luna esconde sus rayos cesamos del trabajo por parecernos que las tinieblas no son convenientes para nuestro ejercicio. Si algunas en el camino, trayendo a cuestas el grave peso, se sienten fatigadas, suceden otras de nuevo que han descansado para este fin, y si en el camino topamos otras que son de alguna ciudad vecina a la nuestra, aunque las favorecemos y ayudamos, pero tenemos mucha más cuenta con las que son de nuestra república y allí reconocemos nuestras banderas, y, como los que suelen apartar ejércitos, ordenamos nuestros escuadrones dando a cada uno cargo de llevar cierta cantidad de grano y aún, como tú sabes muy bien, todas las veces que nos encontramos en el camino nos saludamos unas a otras usando de buen comedimiento y de oficio, de caridad, preguntando si hay necesidad de nuestro favor, y en esta salutación nos detenemos tanto tiempo cuanto basta para saber las unas las necesidades de las otras y si es menester ayuda la damos con toda voluntad y a las de nuestra misma ciudad acariciamos y regalamos viendo qué es menester o por causa del largo camino o por otro accidente cualquiera. Lo contrario de esto habrás visto muchas veces entre los hombres, si con consideración lo has querido mirar.
Allende de esto, ninguna ciudad ni república fue jamás tan bien fundada ni tan puesta en orden por el saber de los hombres que pueda con razón cotejarse con la nuestra, porque como la experiencia lo enseña, ningún veneno es tan dañoso ni hay género de pestilencia tan pernicioso del bien común como es la ociosidad de los ciudadanos. Este mal está bien lejos de nosotras, porque ni nos espantan los calores del estío ni los rigurosos fríos del invierno, no los días ni las noches, para que dejemos de trabajar y enriquecer nuestra república de muchas maneras. Esto solo basta para entender cuán enemigas somos de la ociosidad, pues las noches que naturaleza dio a los otros animales para el reposo de los miembros fatigados, nosotras ordinariamente los empleamos en el acrecentamiento del bien común y no nos espanta la prolijidad del camino ni su aspereza, antes ordinariamente, siendo necesario traer el grano por lugares ásperos y pedregosos, no tanto con fuerzas cuanto con buena industria, llevamos nuestras cargas porfiando contra los más altos y más empinados montes que se nos suelen poner delante, y ansí, no con la grandeza del cuerpo ni con el vigor de los miembros, sino con la virtud del ánimo, sobrepujamos todas las dificultades, de donde parece haber sido más verdadera aquella sentencia que dijo una de las más antiguas de nuestro linaje: que ninguna cosa había puesto naturaleza en lugar tan alto ni tan difícil adonde la virtud y el valor de ánimo no pudiese llegar. De manera que no se puede dudar que, como la primera fuente de todos los vicios es la ociosidad, también la primera raíz de todas las virtudes es el ejercicio y el trabajo. A esta causa, tengo yo, hermana mía, presunción que somos más virtuosas, de mayor providencia y mayor justicia que el hombre, teniendo en tanta veneración el bien común y, según lo que él pide y aprueba, huyendo siempre el ocio y proveyendo a la necesaria sustentación de nuestra vida.
Pues si queremos descender en particular a las otras virtudes, ninguna se hallará estar desterrada de nuestra república, porque ¿quién no entiende que entre nosotras hay singular entendimiento y amor de la justicia? Nosotras tenemos determinados días para reconocer los pesos del mantenimiento que se ha traído, porque a cada uno de los escuadrones que dije, y a cada una de las familias por sí, se les da tanta parte cuanta es menester para su sustentación, lo cual, después de repartido, todos nuestros ciudadanos lícitamente y sin injuria de otro poseen, y nadie trata con su pensamiento usurpar lo ajeno ni tocar en la hacienda de su vecino, teniendo puesta siempre su confianza no sólo en la moderación del gasto y templanza, la cual siempre mora entre nosotras, mas también en la propia virtud e industria que siempre nos acompaña. No es de esta manera entre los hombres, los cuales, como vemos, gastando y destruyendo sus propios bienes pródigamente y sin juicio alguno ni parte de prudencia, comienzan luego a tratar con sus pensamientos como podrían vivir y sustentarse de la hacienda ajena, de donde nace que todas sus ciudades y repúblicas muchas veces las hemos visto ensuciadas no solo con extorsiones, con injusticias, contrarias, pero también con sangre derramada en las guerras civiles y con otros males innumerables, los cuales suele engendrar la discordia entre los ciudadanos.
¡Y qué diré yo de la templanza de las hormigas, la cual si se coteja con la del hombre es tanto mayor cuanto es mayor el cielo que la tierra! El gasto que entre nosotras se hace siempre es acompañado de prudencia, porque de tal manera remediamos a la necesidad presente que con la templanza en el comer proveemos a lo que está por venir, la cual virtud, aunque de suyo sea grande y admirable, pero debe ser a todos más agradable, porque es la propia guarda de la justicia, que si bien quieres mirar en ello la falta de esta virtud en la república humana es la que primero inventó ladrones, tiranos, homicidas, por la falta de esta virtud. Veras entre los hombres a unos presos, a otros echados del mundo con muertes infames y vergonzosas. Ninguna de estas cosas jamás acaece a nosotras las hormigas por el grande estudio y cuidado que tenemos en la guarda de la virtud, porque consideramos ser cosa digna de un buen ciudadano buscar siempre con grande cuidado y diligencia el bien común y acrecentarlo perpetuamente y conservarlo, pues no hay cosa más dañosa a la república de los hombres que anteponer el bien particular al provecho público de todos.
Ahora te ruego que juzgues con toda prudencia y cordura cuanto sea el hombre inferior a nosotras, pues era razón que supiese, tomando ejemplo de nosotras, nuestra manera de vivir, cuando constituyen alguna república, que la salud de los particulares depende de la salud pública y que según buen orden de naturaleza los ciudadanos deben con todas sus fuerzas defender la patria en la cual son nacidos y criados y enseñados de muchas maneras. Pero no hacen esto los hombres, sino antes todo lo contrario. Debían todo lo que aran y siembran y cogen referirlo al público provecho de la patria, cuya salud siempre ha de ser tenida por más digna y más antigua que la dignidad y salud propia, pues de esta manera las hormigas, pequeños animales, ponemos infinitos ejemplos de virtud delante los ojos del hombre soberbio y arrogante, a semejanza de las cuales, si la mayor parte de los hombres se quiere cotejar, ninguno se hallaría que sea dotado de tantas y tales virtudes, pues la mayor parte de ellos, viviendo licenciosamente, entregándose de todo punto a la ociosidad y deleite, de ninguna cosa viven cuidadosos tanto como de celebrar banquetes superfluos y demasiados, del beber hasta salir de juicio, de la superfluidad de los manjares y de los servicios de Venus y de su hijo, a los cuales tienen por dioses.

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